María Isabel López García
La entrevistada recuerda una infancia muy feliz, marcada al mismo tiempo por la normalización del miedo. Como hija de un guardia civil durante los años más duros de ETA, creció sabiendo que había cosas que no podía decir —como la profesión de su padre— y adoptando hábitos que hoy reconoce como inusuales: revisar siempre la parte inferior del coche antes de subir, modificar rutinas o evitar ciertos comentarios en público. Aun así, vivía aquella etapa como una infancia tranquila, protegida y llena de cariño familiar.En la adolescencia, el miedo volvió a hacerse presente de forma abrupta cuando en su instituto de Aluche asesinaron al padre de una compañera. Aquel suceso marcó a todo el alumnado y reforzó la conciencia de vulnerabilidad que ya arrastraba desde pequeña. Paralelamente, vivió una adolescencia rebelde, en parte por los hábitos estrictos que su padre mantenía para proteger a la familia. Con el tiempo comprendió que esos límites nacían del miedo, un miedo que ella y muchos otros jóvenes de su entorno habían interiorizado como parte de lo cotidiano.Años más tarde, ya adulta y viviendo en Leganés Norte, experimentó otro episodio traumático: la explosión del 4 de abril de 2004, cuando los terroristas yihadistas del 11M se inmolaron en el piso contiguo al suyo. Hasta ese día mantenía con ellos una relación cordial típica entre vecinos, sin imaginar lo que ocurriría. La explosión destruyó su casa por completo, obligándola a marcharse con un bebé pequeño a vivir con sus padres y a iniciar un proceso de terapia para afrontar las secuelas psicológicas. Volver al edificio tiempo después, ya reconstruido, fue un momento cargado de miedo y desconfianza, pues aquella había sido su vivienda reducida a escombros por el terrorismo.En la actualidad siente que estos episodios —tanto los relacionados con ETA como los del 11M— han sido, en gran medida, olvidados socialmente. Cree que las generaciones jóvenes deben conocer estas realidades y comprender que el terrorismo marcó vidas y comunidades enteras. Su reflexión final insiste en la importancia de la memoria, del reconocimiento y de transmitir estas historias para que no se diluyan con el tiempo.