Fue uno de los historiadores y arqueólogos españoles más influyentes del siglo XX, especialista en Historia Antigua y, de manera particular, en las culturas prerromanas y en el proceso de romanización de la Península Ibérica. Su obra, que supera los setenta libros y centenares de artículos, lo sitúa como una figura clave en la renovación metodológica, documental y conceptual de los estudios sobre la Antigüedad en España.
Formado en la Universidad de Salamanca y posteriormente en la Universidad Complutense de Madrid, se doctoró con una tesis sobre religión romana que ya anunciaba una de las vertientes más originales de su trayectoria: la atención al mundo simbólico, a los cultos, iconografías y creencias de las sociedades antiguas como elementos centrales para comprender sus estructuras sociales y políticas. Se especializó en Historia Antigua bajo la tutela de Antonio García y Bellido, integrándose muy pronto en excavaciones, campañas arqueológicas y equipos interdisciplinarios que marcaron su carrera.
Entre 1955 y 1967 fue profesor en diversas universidades españolas hasta obtener la cátedra de Historia Antigua de la Complutense, donde desarrolló la mayor parte de su vida académica. Su magisterio formó a varias generaciones de historiadores y arqueólogos, consolidando una escuela de investigación que combinó filología, historia social, arqueología y epigrafía. Fue miembro destacado del Instituto de Arqueología Rodrigo Caro (CSIC) y desempeñó un papel relevante en instituciones como el Instituto de Estudios Madrileños o la Real Academia de la Historia, de la que fue académico numerario desde 1987.
Sus investigaciones sobre las culturas ibérica, celta e hispanopúnica, así como sus síntesis sobre el ejército romano, la economía provincial, la religión en el ámbito mediterráneo y la iconografía del poder, renovaron los estudios sobre la Hispania antigua. Obras como La romanización en Occidente, La Iberia prerromana, Imagen y mito en el mundo antiguo, Religiones en la España antigua o sus manuales de Historia Antigua se convirtieron en referencias imprescindibles tanto en España como en América Latina. Su enfoque, atento a las transformaciones culturales y a los contactos entre pueblos, contribuyó decisivamente a superar visiones esencialistas o teleológicas de la Antigüedad peninsular.
Blázquez destacó también por su intensa actividad divulgadora y por su voluntad de acercar la arqueología y la historia al público general. Dirigió proyectos editoriales, participó en congresos internacionales, colaboró con instituciones culturales y coordinó obras colectivas que ampliaron el campo de estudio de la Antigüedad en España. Su papel en la consolidación de la arqueología española tras la década de 1960 fue fundamental, ayudando a profesionalizar el sector y a situar a los estudios hispanos en el panorama internacional.